Acerca de «Semejantes»

Muchas horas de dibujo en papeles integraron estos “Semejantes”.

Hay un hilo invisible, una línea curva, una ilación fina de puntos que nos construyen y nosotros construimos hilvanando la humanidad. Nacemos al lado de los muertos, morimos al lado de los nacidos, continuidad es medida del tiempo. Somos humanos, somos seres que vamos construyendo en nuestro pensar el tiempo.

Y en esa construcción y mi fluir, dibujaba, usaba color, tallaba piedras, modelaba arcilla, comenzaron a manifestarse los que luego llamé “Semejantes”. Al comienzo, sin nombres, en carbonilla, en tinta china, luego alambre, cobre, papel…comenzaron a integrarme, a pertenecer a mi ritmo vital sintiendo y comprendiendo que aquello que hacía en soledad tenía palabras poéticas en la voz de Olga Orozco en su libro “Poesía completa», que transcribo:

 

PEQUEÑOS VISITANTES 

Sé que en algún avaro lugar donde se guardan pedazos del paisaje,

escenas incompletas como cualquier escena de este mundo,

poblaciones y gentes aferradas a un solo atardecer,

a una sola tormenta.

Se que dirían imágenes arrebatadas al pasar por un golpe de viento,

retazos del pasado, recogidos como por un rastrillo para el último día,

quizás como testigos, quizás como una prueba destinada a la hoguera final.

Ese sitio imantado deja escapar a veces sus mezquinos tesoros,

quién sabe por qué grieta, por qué secreto acierto del azar,

y vienen hacia mí, que apenas reconozco esas apariciones

en las que ya no soy y los otros si están han perdido la sombra y el color.

Pero igual me persiguen con sus lerdos oleajes,

se obstinan, se desvelan, como si en mí estuviera la clave de su exilio,

la llamarada madre.

¿No busco así también la imagen escondida de la que intento ser la semejanza?

Y aunque a mí no me alcance la forma ni el fulgor para modelo,

debo enfrentarme aún una vez más con palabras roídas, con gestos recortados,

con espejos infieles de episodios casi desvanecidos

como quien se contempla en los retratos de algún álbum leproso, miserable.

¡Ah, porque no se trata de momentos guardados para la gran memoria!

¿Y a quién interrogar por esta ciega ronda de ratones?

¿Son solo humaredas,

vanas emanaciones desprendidas de un gran fuego central?

¿O alguna proyección con que poblé, ignorante, los pálidos desiertos de la soledad?

¿Y si fueran, opacos, andrajosos, con su gris aterido,

los fieles anticipos de mi verdadera vida, más allá?

 

©Adriana Hidalgo editora 2012